Acostumbraba a
nombrar para protegerme de lo nombrado, como si la boca fuera una amenaza
siempre a punto caramelo. Temía un contagio en masa de mis órganos. Los
imaginaba violeta de tan oscuros, pecho, sexo, corazón, hígado, cerebro, ojos,
pulmones, piernas. Y el aire de afuera era para mí de un azul subyugante, pero
sin transparencia, lo imaginaba celeste.
Luego pasé a
nombrar para apropiarme. Años preparándome en la idea de que los prodigios
tenían la frescura de una irreductible lejanía. En este punto estábamos, jodidas
mi alma y yo, cuando en una de esas acostumbradas sombras de tarde me enamoré.
Por fin.
Los labios no
aparecieron. La implosión me dejó ver un lugar adonde iba a parar toda el agua
de lluvia de primavera. Fui un aljibe durante mucho tiempo. Hasta la disolución
de los deslumbramientos caminé en círculos, recapacité apenas sobre mi voz, su
aurora y el cielo, esperé que se evaporara lo necesario para ser feliz. Pero la
gran masa de nombres se mantuvo, maldita, torrencial y ardiéndome, percibí el
cadáver olvidado en la alacena como la parte de mi cuerpo que nunca más estará,
pude ver cómo se superponían los distintos aromas de los caminos mientras yo no
atinaba a moverme de este cruce en el que todavía estoy parada, porque no puedo dejar de pensar
que el aire puro es celeste.
.
MabelBE
Y no nombro al sol.
MabelBE
Y no nombro al sol.










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