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La distancia

. viernes 1 de abril de 2011

Estaría bien saber qué distancia hay que tener con las cosas y las personas, la distancia justa para no tener que olvidar luego a nadie. Nos ahorraríamos muchos disgustos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ello?. Si somos optimistas pensaremos que tal vez con los años y la experiencia se resuelvan muchos conflictos. Si somos pesimistas, hemos de reconocerlo, es muy poco probable que dejemos de equivocarnos, entonces ciertamente una cierta dosis de olvido es recomendable… hay que olvidar, aunque no sea más que para iniciar el proceso del perdón. Si somos muy optimistas, como Rousseau, la experiencia no es necesaria, pues existió de hecho una era dorada o transparente presidida por la no-distancia, antes de que a alguien se le ocurririera decir “esto es mío”. Los muy pesimistas dirán que existiera o no esa época, debemos imponer una distancia allí donde no haya más remedio, y aprender a comenzar de nuevo, devolver las aguas a su cauce en un sitio distinto, en un tiempo distinto. Como canta el bolero, dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón; o sea, no se quiere olvidar, aunque se sabe que es inevitable, también sabemos que la distancia solo se puede medir mientras exista algún recuerdo. Si hay alguna distancia justa para cada cosa, debemos recordarla, aunque no sepamos cómo es.
Generalmente se tarda un tiempo en averiguar cual es esta distancia. No siempre es algo tan sencillo como ajustar el sillín de la bicicleta. Manejar un cuchillo es facil, el samurai necesita toda una vida para ser uno con su katana. Muchas veces lo que empieza siendo un instrumento será luego algo propio, su sustancia contactó un día con nuestro deseo invisible, comenzando entonces una unión que más tarde se desarrolla en muchos planos, desde lo más íntimo hasta llegar a la unión visible. Con las personas esta unión también muta, la distancia real no siempre es la distancia que en verdad hay entre nosotros.

Hay distancias mínimas que orean. Y pequeñas distancias que resultan a veces empalagosas. Entre compadres la conversación incluye toques de atención o deícticos, literalmente un toque es una llamada que responde al canon de un brazo de distancia; aunque en realidad es más complicado, más bien depende de la cultura. Por ejemplo, un inglés debe saber, para no descolgarse de una conversación, que en España no hay transición entre que uno habla y otro responde. Si espera demasiado o no toca a nadie, generalmente dará la impresión de que no escucha, o agotará el tiempo en que su repuesta es esperada. Alguien hablará en su lugar.
El otro dia bajando al paseo ribereño, escondí la mochila y como de costumbre fui a patinar. Luego al volver ví que estaba todo abierto, la camiseta por un lado, las zapatillas y la botella del agua por otro, ¿y el bocadillo? Posiblemente alguien anduviera por allí, tal vez un perro que olía a comida. Pero no. Como pasa aquí con todas las cosas que ocurren a una cierta distancia de donde uno se encuentra, ya sea una conversación, ya sea una mochila abandonada. Alguien sintió curiosidad, abrió la bolsa, encontró el bocadillo, y se vio implicado en el asunto. Sin embargo, no gustándole el contenido del pan decidió dar de comer a los peces, puesto que no parecía pertenecer a nadie.
Quizás en otros sitios del mundo es menos común esto, o sucede una demora entre sentir curiosidad por algo, abrir ese algo y decidir usar su contenido. Pero lo más curioso es que la intención de los tres hombres que hicieron esto no debía ser muy mala, dado que fueron ellos mismos los que, preguntando yo por el lio, me dieron toda la explicación, como si fuera lo más natural del mundo. Que estaba allí tirada y no parecía ser de nadie, que el bocadillo era de filete y que los peces.... Y como no se mostrara muy complacido el patinador, aclararon estar dispuestos a convidarle a almorzar en ese mismo momento, para evitar males mayores.
Supongo que podría haber aceptado y habríamos hablado de porqué meriendo bocadillos de filete tan aburridos que no gustan ni a los peces. Improvisé una excusa, recogí, y avancé en silencio. Ahora veo que hay distancias sin embargo que no son buenas, como las que hacen hueco para el juicio. Quizás su conducta fuera solo el resultado de la ignorancia de otras costumbres... más europeas. ¿Les he perdido el respeto por ello? No lo se. De todas formas, creo que ésta es la peor distancia de todas, el no saber comunicarse, ni siquiera el rencor. La imagen me persigue, me sigue recordando que he de aprender a esconder mejor mis cosas, que no debería haberme acercado tanto. Después de todo, ¿quién puede perdonar por sí solo?.

César Gomez Saorín / Murcia, 2011

2 Comentario s:

Sofía dijo...

Acabo de leerte. muy interesante, entendible. Siento lo del bocadillo.Desprendimiento involuntario. Nos vemos el jueves, un saludo.

Sofía

MabelBE dijo...

estaría bueno que césar responda