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viernes, 11 de marzo de 2022

El ciclón del 46

El tren de las 22 llegó puntualmente, ese viernes 13 de Septiembre de 1946, a la estación. El periodista descendió en medio de la desolación y comenzó a caminar las calles, envuelto en polvareda y sombras, tratando de ver algo más por sobre los escombros y la oscuridad.
Esta historia de dos días se inicia el miércoles cuando, a pesar de que todas las descripciones coinciden en que el pueblo anocheció en calma, los árboles -en ejemplo de esa quietud siniestra que anuncia al desastre- inmóviles entre una brisa desaparecida, durante todo ese día no necesitaron tapar la palidez nacarada de un sol que se retiró demasiado rápido.
Desprevenidos, indefensos, sobresaltados. Así se despertaron esa madrugada. Algunos pocos trasnochadores memoriosos recuerdan que un murmullo incipiente fue creciendo hasta que, fulminante, se transformó en aquel rugido inolvidable que recorrió el lugar, arrancando todo o casi todo a su paso. Sostienen que la impresionante espiral, que duró un santiamén pero que fue vivida como interminable, dejó -al alejarse- un silencio más oscuro que la misma noche.
Nadie sabía a qué atenerse. En la población, pasmada y reaccionando a tientas tras el espanto, gradualmente hacía su aparición el sentimiento, entre escenas desvastadoras que la pobre iluminación de las lámparas parecía acentuar. El ambiente –en sí mismo- era llanto. Preguntas que venían desde todos lados y volvían a irse sin respuesta, entre desprendimientos de chapas y de hierros, entre paredes que se caían estruendosamente... Las raíces de las plantas, desparramadas por todos lados, fueron la escenografía agónica de las primeras víctimas encontradas. Y, con la precariedad que contagiaban los incesantes desmoronamientos, a las 3 de la madrugada se estaban prestando los primeros auxilios.
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Por aquí y por allá animales muertos o en agonía, trozos de muebles, cartas embarradas, techos desperdigados por las calles. De esta forma llegó la mañana, con un trágico asombro en los ojos de los niños, con miradas petrificadas sobre los hogares aniquilados, y con un sufrimiento absorto en lo indescifrable, espeso, a medida que se iban encontrando los demás cuerpos sin vida. Fue en este escenario de caos y desconcierto, donde los gestos de solidaridad y amor al prójimo se transformaron casi en lo único, porque esos fatídicos treinta segundos de un viento soplando a 150 km/h dejaron un saldo impresionante de soledad y desgracia, pero también de colaboración, de mano tendida, de incorporarse para ser más fuertes que el mismo horror, en la ayuda al que necesita; las farmacias entregaban gratis los medicamentos; las tiendas, frazadas, abrigos, mantas; y aquel poblador que había tenido la fortuna de salir indemne físicamente, ayudaba a los más débiles y a los heridos.
Transcurrieron muchas horas hasta que la noticia se conoció en la Capital Federal. Un primer parte informaba que en un ignoto pueblito llamado Carlos Casares, a las 2 y 40 de la madrugada del jueves 12, había pasado un ciclón, dejando un saldo de 13 fallecidos, más de 100 heridos y cerca de 120 casas derribadas. En honor a la verdad, al otro día todavía no se podía establecer la magnitud de la catástrofe, pero la gente, para entonces, estaba preparando el entierro a sus muertos; y en el colmo del desconsuelo, pasadas las 5 de la tarde, ese viernes, una agobiada caravana de más de 5.000 personas, acompañó a los féretros bajo la llovizna, hasta su última morada.

El diario capitalino, enterado de lo sucedido, decidió enviar a uno de sus periodistas para que realice la cobertura del suceso. El tren de los viernes llegó –en este estado de las cosas y su luto- se podría decir que milagrosamente sin alarma, a la estación.
Al bajar, el cronista percibió el frío, y la desolación lo apabulló ni bien se dispuso a recorrer las calles, en dirección al centro. Lo primero que pensaba hacer era ir hasta la escuela Bernardino Rivadavia, ya que tenía noticias de que allí se encontraban albergadas muchas de las 1.300 personas que habían quedado sin techo.
Jamás antes había escuchado hablar de Casares, pero durante el viaje se había enterado detalles de la tragedia; por esta razón, al girar la cabeza y toparse con un viejo árbol que, malherido, se mantenía de pie tozudamente, asistido por una estaca que seguramente algún vecino le había acercado, se conmovió ante la evidencia de que nada estaba acabado y, pensando en los porqués del destino y su furia natural, siguió su marcha para el lado de la plaza, por las veredas cubiertas de ramas, flores despedazadas y trozos de ladrillo.



MabelBE

Me dijo, que le dijo que le dijeron : Antología de cuentos y relatos sobre Carlos Casares

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